Así empezó todo, con Europa

Hace un par de años me reencontré con dos grandes amigas de mi infancia. Después de almorzar juntas y ponernos al día sobre nuestras vidas, una de ellas nos contó que su sueño era ir a Europa. Pero claro, ¡era el sueño de todas! Éramos estudiantes sin grandes recursos, pero ¿por qué no? Nos propusimos hacerlo, viajar las tres en el plazo de un año.

Ahora bien, cuando digo algo, lo digo de corazón, consciente de cada una de mis palabras. Cuando me lo propongo, es con toda la convicción.

Así, me tomé muy en serio la meta y empecé a ahorrar para lograrlo. No era fácil, pues tenía que estudiar y trabajaba en mis momentos libres, dando mis primeros pasos en el mundo de la traducción. No era mucho lo que ganaba, pero me ayudaba a pagar mis cuentas y gastos en la Universidad. Vivía con una amiga, de manera que no podía contar con el apoyo económico de mis padres para este propósito. Además, en cuanto empecé a comentar lo que me proponía, no fueron pocos los que se rieron, algunos en tono de burla, otros de ternura, como quien dice “qué absurdo, de verdad cree que lo va a lograr”.

Me reí yo también con ellos. Trabajé todo lo que pude, empecé a ahorrar. Poco a poco fui comprando lo que necesitaba: una mochila, ropa adecuada para la estación y otros inventos que supuestamente facilitan la vida del viajero.

Ya pasados un par de meses volví a hablar con mis amigas, pero ya ninguna de las dos podría viajar. Fue entonces que realmente tuve que decidir qué hacer. Si para quienes me conocían el simple hecho de hacer el viaje era un desafío, hacerlo sola era prácticamente imposible. Pero al final, ¿me iba a dejar llevar por el miedo? Ya estaba aprendiendo a buscar en Internet lo que necesitaba, llevaba meses juntando información, conocía bien mis posibilidades.

Un sábado en la mañana, como solía hacer en mis ratos libres, me puse a buscar pasajes. Miraba en todos los buscadores y aerolíneas posibles, atenta a un buen precio, cuando encontré una promoción que no había visto hasta entonces. No lo pensé dos veces, llamé a la agencia y me pidieron que fuera personalmente, pues no tenía tarjeta de crédito para hacer la compra en línea. Me vestí lo primero que encontré y salí, tomé el primer taxi que pasó y en menos de una hora tenía en mis manos un pasaje hacia Madrid.

Unos meses después, el 12 de diciembre de 2008, estaba en la fila para subirme al avión escuchando “No Stopping for Nicotine” de Deep Dish y me di cuenta que era real: me iba a Europa, lo hacía sola y lo había logrado sola. Que suene cliché, no me importa. Sí se puede.


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