Historias de Sri Lanka: el grito ahogado

Mientras andábamos en el Prius blanco por las carreteras de Sri Lanka, en algún lugar entre Dambulla y Polonnarwa, Sarat, nuestro guía, nos contaba todo tipo de historias. Como no soy muy afín de los viajes terrestres, además de mi natural curiosidad, me enfocaba en cuanto veía por la ventana, intentando contener mis nervios.

En general el paisaje era frondoso, el clima siempre húmedo con constante lluvia y temperaturas elevadas, no muy diferente a lo que encontramos en las ciudades tropicales de Suramérica. La infraestructura vial es deficiente, con carriles estrechos y poca señalización, considerando sobretodo el flujo intenso no solo de carros, sino de los (salvajes) tuk-tuks, personas pasando, elefantes cruzando, entre otras incontables posibilidades. Por los pueblos y en algunos tramos de la vía se veían casitas o pequeñas construcciones, muchas de ellas bastante rústicas.

“Hace unos años todo esto quedó destruido”, decía Sarath, refiriéndose a la enorme devastación que había sufrido su país el 26 de diciembre de 2004, luego del tsunami que se llevó unas 30.000 vidas de la pequeña isla.

En aquel año Sarath se encontraba trabajando, acompañando a una pareja de ingleses, ya abuelos. Como de costumbre, después de un día de turismo, los dejó de regreso al hotel, en donde los dos celebrarían la Navidad, cenarían y tal vez participarían de las actividades ofrecidas en el lugar. Pero viajar cansa, sobretodo si eres adulto mayor, y después de la cena decidieron irse a dormir.

A la mañana siguiente los viajantes ya no estaban festivos; la fiesta que se había formado en el Resort había estado tan animada y la música tan alta que aquellos que querían algo de descanso tuvieron que contentarse con una muy mala noche de sueño. Así los encontró Sarath, medio enfadados entre ellos, porque uno era un cascarrabias y la otra se irritaba cada vez más.

Era domingo y Sarath, católico, les avisó que iría a la misa en el pueblo cercano. Al notar que si se quedaban solos seguirían discutiendo, insistió en que lo acompañaran, así al menos podrían caminar un poco e ir a la feria mientras él cumplía con su obligación dominical. En principio el abuelo aceptó, pero la abuela no quería, ella prefería quedarse leyendo en la piscina y descansar de las pataletas del otro por un rato. Pero como los ingleses pueden ser muy condescendientes y los cingaleses muy convincentes, finalmente los tres se subieron al carro se dirigieron al pueblo.

Pasada la misa, Sarath se encontró con los abuelos y emprendieron el regreso al hotel. Mientras avanzaban fueron notando que algo no estaba normal, hasta que la carretera estaba tan congestionada que ya no podían proseguir. La gente corría, gritaba cosas sin sentido, iban en el sentido contrario al de ellos, huían por alguna razón.

El guía se bajó del carro, dejando a los abuelos protegidos mientras descubría lo que sucedía. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué corrían? Y la gente le respondía “¡El mar se vino a la tierra! ¡El mar acabó con todo!”.

Hasta ese día Sri Lanka no sabía lo que era un tsunami. No sabía que era posible que se formaran olas de hasta 30 metros de altura y que sus consecuencias serían inmensurables.

Aún sin entender la situación, Sarath siguió a pie rumbo al hotel. Quería entender lo que estaba sucediendo, quería saber el motivo del pánico, pero lo único que encontró fue agua y escombros.

“Eran cuerpos flotando por todas partes, vestigios de destrucción de lo que hacía unas horas era el Resort, en donde la noche anterior se había celebrado con euforia la Navidad. La única persona que vi fue un joven, desnudo, que de alguna manera había logrado subirse a un árbol. Allí estaba, temblando, aferrado a las ramas. Le dije que todo estaría bien, me quité la camisa, se la di y lo ayudé a bajar. Así fueron los escasos sobrevivientes: aquellos que encontraron un refugio, contaban con las condiciones físicas para escalar y la fuerza para no dejarse llevar”.

El día que conocimos a Sarath nos llevó a su casa. Conocimos a su hijo, a su esposa y a su gatito, que no se cansaba de jugar entre mis brazos. Nos recibió y cuidó como si fuéramos sus hijos. Al despedirnos se le cortó la voz, fue difícil aguantar las lágrimas. Éste es, en pocas palabras, el hombre maravilloso que tuvimos la oportunidad de conocer y fue, sin lugar a dudas, quien hizo de este viaje una experiencia única.

Por lo tanto, no es de sorprender que después de la catástrofe de 2004 le haya dado hospedaje a los ancianos en su propia casa, mientras el Consulado británico se encargaba de recuperar sus pasaportes y llevarlos de regreso a su país. Junto con su esposa juntaron cuanto tenían, llenaron el carro de provisiones y se dirigieron a las zonas más devastadas para distribuirlas. Más adelante, según nos contó, los ingleses siguieron en contacto con él, haciendo numerosas donaciones para los necesitados y luego empezaron a apoyar un orfanato local, también en honor a su guía, quien creció huérfano, así como su esposa.

¿Qué hubiera sido de los viejitos si Sarath se hubiera ido solo al pueblo? ¿y si hubiera dejado a la señora, que quería quedarse leyendo? Si la indiferencia, que nos caracteriza cada vez más en los tiempos actuales, hubiera prevalecido, esa pareja se hubiera desvanecido junto con todo a su alrededor.

No hay suficientes formas de describir esta experiencia, ni mucho menos de reproducirla, pero que quede registrado un sincero homenaje a nuestro guía cingalés, Sarathchandra.

Contacto: http://sarathchandratour.blogspot.com.br


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s